Ya no vivo en República Dominicana, pero hay caminos que parecen tener la capacidad de llamarlo a uno de regreso. Uno de esos caminos es el que lleva desde Nagua hasta Cabrera.
Cada vez que tengo la oportunidad de recorrerlo, siento que no estoy simplemente viajando de un pueblo a otro. Para mí es una manera de volver a una parte de mi tierra que llevo conmigo, aunque esté lejos.
Lo primero que me atrapa es el campo. Ese verde intenso que aparece a ambos lados de la carretera, los árboles, las pequeñas casas y los patios donde crecen plantas y frutos como si la naturaleza hubiera decidido formar parte de la vida cotidiana.
Entre todo ese paisaje hay dos protagonistas que siempre llaman mi atención: los plátanos y los flamboyanes.
Los platanos, parte de la vida Dominicana.
Para mí, una plantación de plátanos representa mucho más que agricultura. Representa la vida del campo dominicano. Representa alimento, trabajo y tradición.
El plátano puede terminar en nuestra mesa de muchas maneras: hervido, frito, convertido en mangú o acompañando otros platos. Es de esos alimentos que forman parte de la identidad gastronómica del país. Por eso, cuando voy por la carretera y veo una hilera de plátanos detrás de una casa o extendiéndose por un terreno, siento que estoy viendo una parte muy auténtica de República Dominicana.
Y entonces aparecen los flamboyanes
Vas conduciendo por un lado verde y, de repente, aparece una explosión de rojo a un lado del camino. Después otra. Y otra más.Los flamboyanes son árboles ornamentales muy utilizados en zonas tropicales porque dan sombra y, sobre todo, porque embellecen los espacios. En República Dominicana forman parte del paisaje de muchas carreteras, pueblos y comunidades.
No todos fueron necesariamente plantados como parte de un único proyecto para decorar toda la carretera; muchos forman parte del paisaje que se ha ido construyendo con el tiempo, entre árboles sembrados, propiedades privadas, comunidades y vegetación que acompañan el camino. Pero para quien recorre esta ruta, el efecto es maravilloso.La carretera parece tener su propia decoración natural.
El camino hacia Cabrera
Hay algo especial en conducir desde Nagua hacia Cabrera. Quizás sea la combinación del campo, las montañas, la vegetación y ese contraste permanente entre el verde y el rojo. O quizás sea que, cuando uno ha vivido lejos, comienza a mirar con otros ojos aquello que antes parecía cotidiano.
Yo recuerdo pasar por estos lugares y ver el paisaje sin pensar demasiado en él. Hoy me fijo en los patios. En las casas de colores. En los plátanos creciendo detrás de una verja.
En los flamboyanes inclinándose sobre la carretera. En los pequeños detalles que hacen que este tramo de la República Dominicana tenga una personalidad propia, entonces entiendo algo. Cuando uno se va de su país, empieza a descubrir que también extraños los paisajes. No solamente las personas, la comida o las fiestas, tambien una carretera, el verde del campo, el sonido de las hojas moviéndose con el viento, ver una mata de plátano en el patio de una casa.
Extraña ese momento en que un flamboyán en flor aparece al lado de la carretera y pinta de rojo el camino, por eso cada vez que regreso, me gusta dar una vuelta por Cabrera. No necesito una gran aventura me basta con tomar la carretera desde Nagua, bajar el ritmo, mirar por la ventana y dejar que el paisaje haga su trabajo.
Porque quizás eso es lo que más admiraro del campo dominicano: no necesita hacer ruido para impresionar. Está ahí, sencillamente, creciendo verde, colorido.






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